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La paz empieza con uno mismo
Silvia Baena
Ante un reto tan complejo, y por otra parte
tan hermoso, como traer la paz al mundo, me viene a la cabeza
una cosa que desde luego no podemos hacer y es nada.
Antes de iniciar este escrito, he preguntado a las personas
que en ese momento tenía cerca, mis compañeros
de trabajo, y las respuestas han sido variadas, desde el uso
de la fuerza a dejar gobernar a las mujeres o abolir todas
las religiones, entre otras. Lo que sí predominaba
era el hecho de suponer el reto como algo utópico.
Se concluía en el pequeño
debate de que era algo inalcanzable y de que el ser humano
no tiene capacidad para vivir en paz.
Personalmente pienso que estamos muy acostumbrados
a desear los cambios de forma global, a que las cosas a gran
escala sucedan no se sabe bien cómo, pero que alguien:
los gobiernos o los sabios, debe hacer para que todo mejore.
Y pocas veces, al menos yo, nos paramos a pensar que para
realizar un gran cambio, como este que se plantea: la paz
mundial, son necesarios millones de pequeños cambios.
Esto es lo que estoy aprendiendo del budismo. Es necesario
transformarse a uno mismo como individuo para transformar
posteriormente el mundo poquito a poco, como un trabajo de
hormiguitas. Cada individuo trabajando sobre sí mismo
puede erradicar el odio y la ira de sí mismo, o, por
lo menos, transformarlos en algo positivo y crear un pequeño
paraíso, y así sucesivamente.
Este pensamiento mío no es nada original,
pero actualmente es la única forma que encuentro para
que la paz puediera llegar a ser posible. Si no nos liberamos
de nuestras aflicciones internas, seguiremos siendo egoístas,
no viendo la realidad como un todo del que todos dependemos
y formamos parte.
El Buda y los bodhisattvas nos lo han repetido
en sus enseñanzas, actualmente la ecología y
la física lo demuestran, pero seguimos aferrados a
nuestros pequeños yoes, mirando para otro lado ante
el dolor ajeno, esperando que la tempestad no nos toque.
En los países «desarrollados»
vivimos una paz ficticia con los vapores de una anestesia
llamada confort. Nuestro confort, sin embargo, es el dolor
de nuestros vecinos. Pero soy optimista y creo que poco a
poco estamos despertando; por otra parte, no nos queda otra.
Esperemos que sea para bien.
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