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Estar bien, bienestar, ser un buen ser
Michel Clasquin
Traducido desde el inglés
por el equipo de traducción del IDC
Cuando nos preguntamos qué podría
significar 'bienestar' en un contexto budista, inmediatamente
vemos abrirse una gran brecha dentro del budismo. El budismo
se fundó como una filosofía y un modo de vida
para un puñado de hombres (más tarde también
para mujeres) heroicos que consideraban todo, excepto el nirvana,
como malestar.
No puede enfatizarse con la suficiente reiteración:
el Buda nunca tuvo intención de fundar un movimiento
religioso de masas llamado budismo. Sus enseñanzas
estaban reservadas para los monjes y monjas que estaban preparados
para abandonarlo todo en su búsqueda única del
bienestar definitivo: el nirvana. Los seguidores laicos tenían
su lugar, es decir, apoyar materialmente a los monjes y monjas.
Incluso a un eminente patrocinador laico como Bimbisara solo
se le permitió escuchar la recitación de un
sutra en su lecho de muerte.
Esto ha dejado al budismo sin teología
alguna sobre un bienestar de clase menor. Si tomamos las enseñanzas
budistas de forma seria (y literal), no hay justificación
para la sensación de bienestar que surge de tomar una
comida simple y saludable, leer un libro o sentir el calor
del sol sobre la piel. No hay justificación para regocijarse
en el amor de una mujer (u hombre) o en la risa de los niños.
En el mejor de los casos, todo esto es dukkha [insatisfacción
vital], y en el peor, impedimentos para el logro del nirvana.
Un budista real se deshace de estas cosas, renuncia
a ellas, las aleja como preocupaciones infantiles.
Ahora bien, todos nosotros creemos que,
en cierto modo, la iluminación, el nirvana o como quiera
que lo llamemos es real y que su logro es posible. Si no,
tendría poco sentido que nos pusiéramos la etiqueta
'budista'. Pero la mayoría de nosotros no estamos preparados
para dar el paso definitivo, para dejarlo todo y dedicar nuestras
vidas, por entero, a su búsqueda. La cuestión
es: ¿qué constituye el bienestar hasta entonces?
¿Existe algo como «la buena vida» para
el budista tibio?
En este momento, surge una voz de la asamblea
de cacahuetes. «Pero, ¿no es el budismo el camino
medio? El medio entre el ascetismo extremo y la indulgencia
extrema.» Bien hecho, saltamontes, eso es lo que se
dice en todos los libros de texto. Solo que hay un problema.
Tratad de defender hoy el ascetismo extremo y veréis
lo rápido que os encierran en la institución
más cercana para imbéciles criminales. En el
contexto de su tiempo, el Buda era un moderado. Pero los tiempos
han cambiado y los postes se han movido. En la actualidad,
la tradicional vida monástica de los budistas se han
convertido en un punto extremo, y hace falta encontrar un
nuevo medio.
Una posible estrategia consiste en recorrer
las escrituras buscando pasajes que apoyen una forma menor
de bienestar, ignorando su contexto histórico y explotarlos,
exagerando su valor más allá de la importancia
que se les ha concedido tradicionalmente. Podemos ver mucho
de esto en el budismo contemporáneo. ¿Quién
no ha leído aquel pasaje donde el Buda dice que «tener
buenos amigos no es la mitad, sino toda la vida santa»?
Suena muy bien, pero no nos olvidemos de que la sangha se
fundó sobre estrictas líneas de veteranía.
No estamos hablando aquí de una asociación de
iguales (que es lo que hoy en día entendemos habitualmente
por amistad), sino de una determinada clase de tutelaje monástico.
Por otro lado, podemos hacer lo que las
religiones han hecho siempre. Si nuestra filosofía
carece de algo y algún otro tiene aquello de lo que
carecemos, lo robamos. El budismo ha sido muy dado a esto.
Si el budismo no da mucho consejo sobre la vida cotidiana,
entonces podemos buscarlo en los trabajos de Confucio, las
leyes de Manu o en cualquier otro recurso que nuestra cultura
nos pueda ofrecer. Las contradicciones e incompatibilidades
entre los distintos sistemas se aceptaban simplemente como
una de las cosas de la vida.
Pero para el budista occidental que está
tomando forma ante nosotros, esto no funciona. Seguimos profundamente
enraizados en una cultura cristiana que insiste en un sistema
único e integrado de pensamiento y creencia. A un nivel
más profundo, seguimos atrapados en la lógica
dualista de Aristóteles. Aun cuando personalmente rechacemos
la religión cristiana, que fue la más visible
manifestación de esa cultura, seguimos atrapados por
las limitaciones culturales más profundas. El autoproclamado
vanguardista entre nosotros puede hablar mucho sobre postmodernidad,
la diversidad de narrativas y demás, pero si realmente
estuviésemos libres de la cristiandad y de Aristóteles,
¿por qué sentirían la necesidad de reunir
todas esas narrativas, juntarlas en un sistema único
y llamarlo con el nombre único de postmodernidad?
Es un comienzo prometedor, pero la raíces culturales
se hunden profundas. La sociedad occidental, quizá
la única entre las sociedades, insiste en que la reflexión
filosófica debe presentarse como un sistema bien definido
y sin ambigüedades, un -ismo. Podemos llamarlo el verdadero
pecado original de Occidente, nuestro ismo-ismo.
Por lo tanto, si vamos a buscar consejo
en otra parte sobre cómo los laicos budistas podemos
vivir una buena vida, necesitamos encontrar algún tipo
de filosofía bien desarrollada que trate de ello y
que sea, al menos en algunos niveles, compatible con el budismo.
De las religiones mayoritarias, probablemente sea el judaísmo
la que cuente con la teología más desarrollada
sobre el bienestar cotidiano, seguido de cerca por el islam.
Sin embargo, ambas reciben sus filosofías de la idea
básica de la deidad personal distante pero cercana,
una idea que no se puede importar al budismo sin una gran
destreza filosófica. El hinduismo también concede
al bienestar un lugar en su esquema de las cosas: el kama
(literalmente, placer) es un objetivo perfectamente aceptable,
dice, en cierta etapa de la vida. Pero, de nuevo, el más
amplio esquema de etapas de la vida se encuentra entrelazado
con muchas otras doctrinas hindúes, y sería
difícil (aunque no imposible) extraer ese único
aspecto.
Me gustaría proponer otro candidato:
Epicuro de Samos, el filósofo griego. El epicureísmo
ha recibido mala prensa a lo largo de los siglos, especialmente
a partir de los escritores helenistas tardíos y de
los cristianos tempranos, que estaban atravesando una fase
ascética propia en aquel momento. Pero Epicuro (cuyo
nombre significa «el buen consejero») nunca fue
defensor del consumismo desenfrenado ni de salvajes orgías
de exceso. Enseñó que el placer era la base
de toda acción humana.
«No sé cómo podría
concebir lo bueno sin los placeres del gusto, del amor, del
oído y de las emociones agradables provocadas por la
visión de una forma bonita.»
Pero lo que él tenía en mente
eran placeres cotidianos, fácilmente obtenibles, sencillos.
Comer algo de queso de cabra y beber agua de manantial sentado
al sol invernal, en paz con el mundo, era el ideal epicúreo.
Se necesita comida para sobrevivir, y comer es un placer.
Pero mientras que no se deberían despreciar los platos
extravagantes si son los que están disponibles, tampoco
se debería depender de ellos ni negarse a tomar comida
más sencilla pero nutritiva igualmente. Epicuro permitía
el matrimonio y el sexo como deber cívico, pero consideraba
el sexo como un placer menor, pues no era necesario para la
supervivencia individual. Se podía evitar sin efectos
adversos (parece que no fue enteramente consistente con esto:
no solo formó una familia, sino que mantuvo relaciones
con la cortesana Leontion. Puede que nunca conozcamos los
detalles de esa relación).
Más allá del placer físico
se encontraba el placer mental derivado de la compañía
de personas afines y, sobre todo, de abandonar el miedo a
la retribución divina y a la muerte. El placer no consistía
en una mera sensación física, sino que estaba
unido con la sabiduría, el honor y la justicia en una
red de relaciones causales no diferente a aquella propuesta
por el Buda:
«Es imposible vivir una vida agradable
sin vivir sabia, honrada y justamente, y es imposible vivir
sabia, honrada y justamente sin llevar una vida agradable.
Cuando una de estas cosas falta, por ejemplo, cuando un hombre
es incapaz de vivir con sabiduría, aunque viva honrada
y justamente, le resultará imposible vivir una vida
agradable.»
El placer mental en su nivel más
alto era la ataraxis, la libertad de las perturbaciones
mentales. Esperad un minuto, ¿no comienza esto a sonar
familiar? ¿No podemos imaginar al filósofo griego
encontrándose con un arahant indio e intercambiando
sonrisas y señas de asentimiento?
En realidad, sabemos muy poco sobre Epicuro.
Según Diógenes Laercio, escribió trescientos
libros. Pero solo han sobrevivido 70 u 80 páginas.
Aun así, a partir de ellas y de los escritos de sus
seguidores, podemos reconstruir su filosofía. Siguió
la teoría atómica de Demócrito, pero
introdujo en ella un elemento de libre albedrío. Al
igual que el budismo, el epicureísmo es una mezcla
finamente equilibrada entre libertad y predeterminación.
Epicuro creía que los dioses también podían
existir, pero que si así era, su perfección
consistía en su completa ignorancia y falta de relación
con los meros terrícolas. Por lo tanto, temer a los
dioses y tratar de apaciguarlos era una superstición
carente de utilidad. En lugar de ello, las personas serias
deberían centrarse en desarrollar un estilo de vida
sobrio, pero no severo, y lograr una mente serena. Una vez
más, vemos que el budismo y el epicureísmo se
mueven en paralelo. La diferencia está en qué
se considera un estilo de vida sobrio (es decir, un camino
medio). En la India del Buda y la Grecia de Epicuro, el extremo
de la indulgencia era similar. Pero el extremo del ascetismo
estaba mucho más desarrollado y era mucho más
extremo en la India que en Grecia. Diógenes el Cínico
fue probablemente el griego que más se acercó
al ideal del sannyasin indio, pero aun su estilo de
vida sería juzgado laxo por los estándares indios
(Diógenes no evitaba el sexo y, por ejemplo, escandalizaba
a la sociedad ateniense practicándolo en público).
De aquí podemos ver que el concepto
de «camino medio» es un constructo social que
depende de los extremos entre los que se sitúe. Estos
extremos varían de una época a otra (hay que
admitir que el extremo de la indulgencia, por desgracia, parece
el mismo en todas partes, pero incluso eso puede cambiar.
Epicuro liberó a alguno de sus esclavos por voluntad
propia, pero parece que no tuvo escrúpulos a la hora
de poseerlos en primer lugar). Un camino medio es una conceptualización
viva y en evolución que necesita crearse y recrearse
constantemente a medida que las circunstancias cambian. No
se trata de algo establecido de una vez para todas en la Edad
de Hierro de la India.
Parece que el Buda reconoció esto:
en su lecho de muerte dio permiso a los monjes para alterar
o abolir las regulaciones menores. Desafortunadamente, nadie
tuvo la presencia de mente para preguntar qué regulaciones
eran las menores, y más tarde se decidió que
sería mejor seguir agarrándose a ¡todas
ellas! Una desafortunada falta de nervio por parte de los
arhants, parece. Cuando el mahayana surgió varios siglos
después y sintió necesario hacer cambios que
permitiesen una mayor implicación de los laicos, el
resultado fue un cisma que continúa hasta nuestros
días.
Epicuro, como el Buda unos doscientos años
antes, parece que murió a causa de comida en mal estado
causa de muerte bastante común en aquellos tiempos
cuando ya sufría de cálculos renales. Pero el
dolor físico no condujo al dolor mental. En su lecho
de muerte, escribió una carta para su amigo Idomeneo:
«Te hemos escrito esta carta en un
día feliz para nosotros, que es también el último
día de nuestra vida, pues la angurria me ha atacado,
y también la disentería, de forma tan violenta
que no podría añadirse nada a la violencia de
mis sufrimientos. Pero la alegría de mi mente, que
nace del fruto de toda mi contemplación filosófica,
contrarresta todas estas aflicciones.»
No deberíamos llevar los paralelismos
demasiado lejos. Parece que Epicuro creía que la muerte
era aniquilación, una idea que el Buda rechazó
específicamente. Pero con todo
A lo largo de
los siglos, como vimos antes, los budistas han adoptado insights
[comprensiones profundas] de otras filosofías, y eso
incluyó la adopción de personalidades. Los demonios
tibetanos fueron domados y renombrados como protectores del
Dharma. Los semi dioses chinos fueron reinterpretados como
manifestaciones de budas y bodhisattvas. Quizá en un
futuro distante, nuestros descendientes quemarán incienso
en memoria del bodhisattva Epicuro, quien, a causa de su compasión
infinita, enseñó el dharma para el bienestar
cotidiano.
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