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Bienestar individual, bienestar colectivo
Benito Carral
No es bueno que el hombre esté solo
Génesis 2:18
Si le preguntásemos a un adolescente
africano que se muere lentamente de hambre qué significa
el bienestar, creo que todos podríamos adivinar su
respuesta: «Un poco de comida». Si nos acercáramos
a una madre soltera que apenas llega a fin de mes y cuya seguridad
laboral es tan estable como la gelatina, tampoco nos resultaría
complicado leer sus pensamientos: «Un poco de seguridad».
Si nos cruzásemos con un joven solitario, de aspecto
triste, y nos interesásemos por qué le sucede,
tal vez nos explicaría: «Me siento solo. No conozco
a personas con las que me guste estar. Desearía dar
con la chica adecuada para formar una familia, pero llevo
años esperando y nunca aparece. Todo lo que pido es
conocer a alguien que me comprenda y quiera compartir la vida
conmigo». Y en un programa de radio podríamos
escuchar a una mujer contando su historia: «Estoy muy
mal, me siento inútil. De niña nunca era bien
recibida en los grupos de juego, mis compañeros de
trabajo van siempre un paso por delante y mi familia no me
respeta. Olvidé mis sueños. Me gustaría
sentirme respetada, hacer algo que realmente merezca la pena».
La mayoría de nosotros nos hemos
sentido así en algún momento de nuestras vidas,
¿no es cierto? Puede que incluso ahora mismo estemos
pasando por un trance similar. En esos momentos tenemos claro
en qué consistiría nuestro bienestar y procuramos
acercarnos a él. Pero la historia no termina ahí.
Tan pronto como satisfacemos nuestras necesidades básicas
y la euforia de la celebración se ha diluido, descubrimos
que sigue habiendo algo que no marcha bien. Sentimos una carencia
y no sabemos de qué carecemos, sentimos insatisfacción.
Entonces comenzamos a fijarnos en lo que nos dicen unos y
otros, y nos vemos en la dinámica de probar toda clase
de posibles remedios. Tal vez necesitemos un cambio de look,
unas vacaciones en la playa, un coche nuevo, una clase de
yoga, una novia japonesa, salir a correr, cambiar de dieta,
un ascenso, renovar el vestuario, un perro al que sacar a
pasear, sexo, drogas, emociones fuertes
, tal vez. Pero
la sensación de carencia sigue ahí, y a veces
es tan fuerte que casi no nos deja respirar. Ya no sabemos
qué hacer y nos preguntamos qué anda mal.
Hasta aquí hemos hablado del malestar,
pues el contraste nos ayudará a entender mejor qué
es lo que estamos buscando. Dejadme ahora que os cuente una
historia.
Hace unos años, un matrimonio me
invitó amablemente a visitar China. Fue una ocasión
muy especial, ya que tenía muchas ganas de conocer
de primera mano los monasterios de los que tanto había
oído hablar, de rendir homenaje a los maestros del
pasado y de entrevistarme con sus abades y gentes para intercambiar
impresiones sobre nuestra escuela. Resultó un tiempo
entrañable. Pero no solo me encontré con personas
vestidas de túnica y pelo rapado, sino que procuré
prestar atención a todo aquello que me rodeaba. Y así
fue como reparé en un pequeño hombre que se
ganaba la vida arreglando bicicletas en una calle de Beijing.
Se le veía una persona relajada,
de esas que no tiene muchas preocupaciones en la cabeza. Se
sentaba tranquilamente disfrutando del sol, de sus pájaros
y del ajetreo de la ciudad. De vez en cuando se acercaba alguien
para arreglar un pinchazo o engrasar la cadena, y entonces
el hombre se concentraba en su trabajo, el cual realizaba
con esmero y una delicadeza propia de quien es maestro en
su oficio. Todos los días le visitaba el mismo amigo.
Se sentaba a su lado y disfrutaban sin prisa de una buena
conversación. Luego lo recogía todo con cuidado
y se marchaba en su bicicleta. Debido a la barrera lingüística
nunca pude hablar con él ni llegué a saber cómo
era su vida más allá de aquellas horas en las
que coincidíamos, pero me imaginé que en casa
le esperaba una mujer afable con la que disfrutaba compartiendo
el resto del día. Era una persona en paz consigo misma,
de vida sencilla, de pocos lujos y costumbres simples.
Podemos tomar la vida de este hombre como
un buen ejemplo, ¿no os parece? Si nos fijamos en su
historia, discerniremos una serie de cualidades que podríamos
tener en cuenta y quizá probar en nuestras vidas. El
Buda nos animó siempre a experimentar por nosotros
mismos aquellas cosas que consideremos saludables. No tenemos
nada que perder y sí mucho que ganar.
El hombre tenía la habilidad de maravillarse
con el fantástico espectáculo que la vida nos
regala a cada instante si nos tomamos la molestia de pararnos
a mirar. Como estaba centrado en el momento presente, no se
sentía incómodo estando solo, y cuando su amigo
le visitaba, disfrutaba de una relación íntima.
No parecía persona de socialización superficial.
Por su forma de vestir y hábitos de consumo, que se
reducían a pipas de cinco sabores y agua con té
que siempre tenía a mano, podía verse que no
le interesaban demasiado las cosas materiales y que poco le
importaba lo que pensaran de él las arregladas y apresuradas
gentes de la ciudad. Estaba claro que no perseguía
el sueño americano. Además, se le veía
espontáneo y con sentido del humor. Una persona agradable
de esas que invitan a acercarse.
Entonces, ¿es esto el bienestar?
Solo en parte. Hasta el momento hemos limitado nuestra discusión
al que podríamos llamar bienestar individual;
sin embargo, no es posible que una persona experimente una
vida plena sin tener en cuenta el aspecto colectivo
de su bienestar.
Las enseñanzas budistas nos enseñan
que la fuente última de nuestra insatisfacción
es una visión errónea de la realidad que nos
lleva a creernos entes aislados que viven al margen del resto
del universo. Afortunadamente, esta concepción disfuncional
está comenzando a entrar en crisis y a dar paso a lo
que algunos han bautizado como el gran cambio.
Las tradiciones espirituales tradicionalmente
han hablado sobre la «muerte del yo», y aunque
esta metáfora ha realizado un buen trabajo, creo que
ha llegado el momento de renovarla, por lo cual propongo hablar
de la «expansión del yo» en su lugar. Los
seres humanos nos hemos limitado con diversas creencias que,
además de perpetuar nuestro malestar personal, han
contribuido al sufrimiento de muchos seres y puesto en peligro
la vida en este planeta.
El caso es que no solo somos un cuerpo o
una mente; miembros de una familia, de una comunidad o de
una nación; seres humanos o seres vivos
Somos
todo eso y mucho más. Somos procesos integrales de
un complejo sistema al que llamamos universo. Somos
los bienes que consumimos, algunos de los cuales son producidos
por niños y adultos que están siendo explotados;
las sustancias contaminantes que vertemos a la atmósfera
y a los océanos; las personas sin techo que vemos tiradas
en las calles; los ecosistemas que agonizan por causa de nuestra
ambición
Y hasta que no tomemos conciencia de
que formamos parte del todo, de que vivimos estrechamente
relacionados los unos con los otros, de que nuestro bienestar
personal no puede ir separado de nuestro bienestar colectivo,
no podremos experimentar una vida plena; de hecho, si no nos
deshacemos pronto de esta ilusión y comenzamos a actuar
en consecuencia, nuestra misma existencia corre un grave peligro.
Ya vimos que el bienestar no significa consumismo,
y ahora vemos que tampoco significa cerrar nuestros ojos ante
el sufrimiento. El bienestar pasa por satisfacer una serie
de necesidades básicas y desarrollar una paz interior
que nos permita vivir centrados en el momento presente, disfrutando
de las maravillas de la vida y siendo conscientes de nuestro
sufrimiento personal y colectivo. Nuestro verdadero bienestar
no pasa por aislarnos del mundo (algo que no resulta posible,
pues somos un proceso integral del mismo), sino en reconocer
quiénes somos en realidad y actuar en consecuencia,
ayudando así a mantener el delicado equilibrio del
sistema del que formamos parte.
Para terminar, me gustaría resaltar
que una de nuestras necesidades básicas es la de compartir
la vida y establecer relaciones recíprocas de comprensión,
respeto y cariño con otras personas, y que por eso
la familia y los buenos amigos son dos aspectos fundamentales
de nuestro bienestar.
Los buenos amigos son aquellos que se preocupan
por nosotros y que nos ayudan a crecer, a tomar conciencia
de la naturaleza de la realidad y a actuar de forma positiva
para todos. En cambio, no deberíamos considerar buenos
amigos a quienes no se preocupan por nosotros, nos limitan
y hacen malgastar nuestros recursos: tiempo, energía,
bienes materiales, etc., en actividades poco saludables. El
Buda nos dejó un valioso consejo al respecto: «Es
mejor vivir solo que en compañía del necio».
Por su parte, la crisis de la familia es
otro ejemplo más del malestar al que nos conduce el
egocentrismo, esa visión limitada de la que antes hablábamos.
Parte del proceso de expansión del yo necesario para
nuestra supervivencia y bienestar, pasa por comprender que
una familia es mucho más que un grupo de personas que
vive bajo un mismo techo. Una familia en la que cada uno de
sus componentes busque lo mejor para su falso y disminuido
yo, sería como un cuerpo en el que cada uno de sus
miembros quisiera hacer cosas diferentes al mismo tiempo.
En condiciones óptimas, un cuerpo funciona como una
unidad; la mano izquierda comprende que no solo es una mano
izquierda, sino que forma parte integral de un todo más
amplio. De modo similar, una familia es un sistema que para
funcionar correctamente necesita que sus miembros comprendan
cuál es su verdadera naturaleza. A la vista de lo que
hasta aquí hemos dicho, podrá comprenderse que
la razón de ser de una familia saludable es la de proporcionar
un verdadero bienestar a sus componentes y contribuir al bienestar
del sistema más amplio del que forma parte, es decir,
el universo.
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